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El vuelo de regreso en La Danta

El vuelo de regreso en La Danta, por Jack Ewing

El sol sacó su cara brillante en medio de las nubes para rielar sobre el oleaje menudo, su lustre vidrioso era tan solo interrumpido por una forma abultada que apenas levantaba de la arena con la llegada de cada marejada agotada. Manuel Ángel se maravilló al ver los rayos brillantes, eran los primeros que vía a lo largo de una semana. Después de seis días y seis noches de lluvia torrencial, por fin estaba gozando el andar fuera de la casa para estirar los músculos tiesos y disfrutando aún más sentir los rayos calentar su espalda. Apesar de mirar el objeto fijamente no logró visualizar que era. El sol volvió a esconderse entre las nubes mientras otra ola venía terminando su trayectoria y metiendose por debajo de esa forma extraña. “Es flexible como si fuera un cuerpo,” su corazón le aceleró el pulso. “Pero no; es demasiado grande para ser una persona; una vaca tal vez.” Temprano Manuel Ángel había visto un tepesquintle muerto y a un puma cachorro, por lo que curioso por saber lo que era, prosiguió su caminata por Playa Barú hacia el objeto.

Unos minutos más tarde Manuel Ángel miró la forma abombada de una danta, un macho adulto, el primero que había visto en media década. “Seguro la corriente brava del Barú se la llevó hasta el mar y ahí se ahogó. Yo pensé que se habían textinguido,” reflexionó. “Quizás esta es la última.” La danta sin vida era del tamaño de una novilla en la forma de un chancho con un trompo recortado.

El año fue 1955, en el mes Octubre. Durante toda una semana Dominical había enfrentado la peor inundación de la historia. El nivel del agua subió lentamente, pero la lluvia continuaba día y noche. Continuó hasta que la gente empezó a pensar que era la repetición del diluvio en los tiempos de Noé. El agua alcanzó hasta menos de medio metro de la casa de Manuel Ángel en Hacienda Barú, de vez en cuando chapoteando las basas de soporte de la estructura. La casa estaba localizada cerca del Paso del Guanacaste, cuatro metros más alto que el nivel normal del Barú. En ninguna ocasión de la memoria de los que están aún vivos, el Barú había alcanzado tales niveles, y de feria las mareas de Octubre eran excepcionalmente altas.

Manuel levantó su vista de la danta y miró por la playa. “Allí está,” pensó. “Allí está mi bote. Gracias a Dios,” gritó en voz alta y apurándose sobre la arena mojada, comenzó a correr cuando parecía que una ola se lo iba a llevar mar adentro. Con prisa se metió al oleaje hasta la cintura, se lanzó hacia adelante y agarró la orilla del bote, justo antes que de resbalarse hacia atrás por causa de una pequeña ola retirando. Le hacía falta el canalete, pero dichosamente tenía un repuesto en su casa. Manuel Ángel amarró una soga a la proa y le dió inicio a una larga caminata de regreso, medio arrastrando y jalando el cayuco, primero hasta la boca del Barú y luego 1000 metros río arriba hasta la casa. Él calculó que duraría dos horas.

“Quien sabe si hoy vendrá la lancha de la Cruz Roja,” pensó Manuel Ángel, tirando con fuerza de la soga. Blanca, su esposa, con siete meses de embarazo, había sufrido una recaída de malaria el segundo día de la tormenta; sin embargo, Manuel no podía hacer otra cosa más que quedarse con los brazos cruzados y verla sufrir por fiebre y escalofríos, primero mojando la ropa de cama con sudor, seguido por el otro extremo casteañado de los dientes por el frío aún estando bien cobijada. Ese día en la mañana, mientras la lluvia disminuía marcadamente, Manuel Ángel la dejó con los niños y se fue en busca de la nave pequeña que ahora estaba jalando hacia la casa. Eso sucedió dos días antes de que las bravas aguas del Barú le reventaran la armadura y se la llevaran al mar. Afortunadamente, ahora existía un poco de esperanza.

“Manuel, Manuel,”escuchó la voz agitada de su cuñado Daniel de 12 años, cuando iba llegando a la casa. “La Cruz Roja esta esperando. Tenemos que llevar a mi hermana ya.” Manuel no perdió tiempo con preguntas. Aprovecho que la marea creciente ayudaría a retener la poderosa corriente del río e inmediatamente llevó a Blanca que se estaba debil y sin fuerza, envuelta en una cobija al cayuco, se montó él también y canaleteó la pequeña nave a travéz del peligroso río, siempre temeroso de volcarse en el agua turbulenta, pero la salud de su esposa y su hijo eran lo más importante.  

Esperando al otro lado estaban dos Cruz Rojistas y un grupito de vecinos de Dominical. Entre todos llevaron a Blanca en una camilla, alzándola un rato cada uno durante dos kilómetros hasta Dominicalito mientras la lancha de motor estaba esperando. La Cruz Roja llegó un par de horas más temprano trayendo alimentos para la aldea aislada por la llena. Consuelo Agüero, vecina y amiga, insistió en acompañar a Blanca en su viaje al hospital en Puntarenas.

Manuel Ángel y Mr. Tommy, el esposo de Consuelo, se despidieron de ellas y volvieron caminando hacia el Barú. Una lluvia suave empezó a caer. “Vamos a tener bastante trabajo limpiando el desastre verdad,” comentó Mr. Tommy.

“Eso si es cierto,” contestó Manuel mientras miraba las secuelas de la inundación que dominaba el paisaje. El bosque a la orilla del río protegió la aldea de la furia de la corriente, pero no detuvo el agua. Todo el pueblo estuvo inundado durante tres días. El Hotelón Dominical de dos pisos y 16 habitaciones, propiedad de Mr. Tommy, sufrió un daño extensivo y el primer piso estaba bajo medio metro de lodo.

Después de nueve horas en la lancha sobre el mar picado, lloviendo por ratos, las dos damas llegaron a Puntarenas donde Blanca, débil y con la temperatura elevada pasó la noche en observación en el hospital. El día siguiente, Consuelo sostuvo su amiga durante cinco horas en bus hasta San José donde internaron a Blanca en el Hospital San Juan de Dios durante 22 días. Después de su salida Blanca se quedó tres semanas más en Escazú en la casa de un tío hasta que por fin tomaron de vuelta los buses de San José a San Isidro.

Blanca viajó en el primer bus que logró viajar desde San José hasta San Isidro   después del huracán. Durante el viaje de siete horas, Blanca estuvo muy preocupada por Manuel y los niños. “Ay Dios, espero que alguna mujer haya llegado a ayudar con la limpieza y la cocina. Manuel no sabe como hacer trabajo de mujeres. Quien sabe como le habrá ido con todo y con los güilas.” A su llegada a San Isidro Blanca se dio cuenta que la trocha a Dominical estaba cerrada por derrumbes y duraría seis meses ser abierta nuevamente. Para solucionar el problema, el patrón de Manuel, Don Rafael Cruz, le adelantó 25 colones, más de un mes de salario, para volar de San Isidro a Dominical en una avioneta. La pequeña empresa se llamaba “Servicio Aereo La Danta.” Dos semanas después de su regreso, Blanca Valverde, estando en su casa en Hacienda Barú, dio a luz un varón, fuerte y sano, Rigoberto, su tercer hijo. Su amiga Consuelo fue la partera.
La Danta muerta que encontró Manuel Ángel en Playa Barú no fue la última que él viera. Dos años después, en 1957, él mató a tiros una danta en el bosque húmedo tropical de las partes altas de Hacienda Barú.

[Nota de Autor: Manuel Ángel Sanchez fue el administrador de Hacienda Barú durante 18 años empezando en 1950. Él y su esposa, Blanca Valverde, me contaron la mayoría de esta historia. Los datos básicos son correctos, pero algunos detalles, tales como pensamientos y conversaciones son incluidas con el propósito de hacer la historia más entendible y son producto de mi imaginación.]

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