|
|
Cuentos de la Selva
|
Algunas personas matan los animales salvages para comer y otros los cazan por deporte. Yo aprendí cazar desde una edad temprana y tierna. No teniamos que cazar para subsistencia, pero siempre comimos todo lo que maté, desde palomas hasta venados. También sabia de la cacería deportiva, pués me papá viajaba a lugares distantes para tirar animales exoticos y luego colgar las cabezas desecadas en la pared de su oficina. El día que Toño, el vaquero de Hacienda Barú, me llamó para ver su presa especial, pude simpatizar con la emoción que provocó la risa orgullosa y radiante en su cara. Sin embargo, cuando miré la aterciopelada piel amarillenta del manigordo ( Leopardus pardalis ) muerto sentí una punzada de malestar en las tripas, algo como tristeza o verguenza. “Que lastima,” pensé, “haber terminado la vida de un animal tan maravilloso.” |
|
Read more...
|
|
|
Los ojos oscuros miraron desde las sombras al pizote solo que agitaba las hojas secas, escudriñando la tierra húmeda con el hocico y comiendo las diminutas criaturas que encontraba. Con cada paso el mamífero, similar al mapache, se acercaba más a la muscular y larga criatura que esperaba entre las gambas de la base del higuerón. El pizote continuaba con sus cosas, pero siempre en dirección hacia el árbol donde subiría hasta la copa con la esperanza de darse una deliciosa comida de higos maduros. Cansado de escarbar por larvas e insectos en la oscura tierra de la selva, el pizote alzó su cabeza, miró alrededor y se movió directo al higuerón. Al llegar a la gamba, dudó. Algo andaba mal. El pizote hizo una pausa, meneó su nariz y olfateó, miró de un lado a otro examinando los alrededores. Finalmente, dio otro paso hacia el árbol, seguido por otra pausa, después otro paso. La serpiente se lanzó como un relámpago, agarró de la cabeza al pizote con su boca y enrolló firmemente el cuerpo peludo del mamífero. Apretó fuertemente. El pizote intentó respirar pero, sólo podría exhalar. Cada vez que expulsó aire de sus pulmones, el cuerpo de la serpiente apretó. Cada movimiento del pizote produjo una contracción de los músculos enrollados. En menos de un minuto el pizote dejó de luchar. Un minuto después la boa dejó de morder, rápidamente volvió la cabeza y mordió de nuevo, esta vez con la nariz del pizote apuntando hacia adentro de la garganta de la serpiente. Se desenrolló, soltando así el cuerpo del pizote y mordió duro. Con cada mordisco que daba la boa, sus dientes encorvados hacia atrás, jalaban la presa hacia más adentro de su garganta. Las mandíbulas de la serpiente se desarticularon y se separaron abriéndose lo suficiente para que la presa entrara. La serpiente tardó dos horas tragándose el pizote; después de esto durmió. La gigante boa permaneció inactiva durante ocho días mientras su cuerpo digirió el pizote. Entonces el temeroso predador se arrastró lentamente por la selva, deteniéndose de vez en cuando, buscando el lugar perfecto para montar una nueva emboscada. Podría durar dos o tres semanas sin que otra presa deambule a su alcance. La boa (Boa constrictor) es la serpiente más larga y más pesada de Centroamérica. Aunque ellas se conocen por alcanzar longitudes de más de 5 metros, las boas de más de 2½ metros de largo son realmente escasas. Un pizote adulto, aproximadamente el tamaño de un Perro Cocker, es fuerte y rudo, y pocos depredadores intentarán matarlo. En Costa Rica, los jaguares, los pumas y las boas muy grandes son los únicos que lo hacen. Las boas lo suficientemente grandes para matar y tragar un pizote, raramente se ven, y cuando esto sucede, la experiencia es inolvidable. |
|
Read more...
|
|
|
Los ojos oscuros miraron desde las sombras al pizote solo que agitaba las hojas secas, escudriñando la tierra húmeda con el hocico y comiendo las diminutas criaturas que encontraba. Con cada paso el mamífero, similar al mapache, se acercaba más a la muscular y larga criatura que esperaba entre las gambas de la base del higuerón. El pizote continuaba con sus cosas, pero siempre en dirección hacia el árbol donde subiría hasta la copa con la esperanza de darse una deliciosa comida de higos maduros. Cansado de escarbar por larvas e insectos en la oscura tierra de la selva, el pizote alzó su cabeza, miró alrededor y se movió directo al higuerón. Al llegar a la gamba, dudó. Algo andaba mal. El pizote hizo una pausa, meneó su nariz y olfateó, miró de un lado a otro examinando los alrededores. Finalmente, dio otro paso hacia el árbol, seguido por otra pausa, después otro paso. La serpiente se lanzó como un relámpago, agarró de la cabeza al pizote con su boca y enrolló firmemente el cuerpo peludo del mamífero. Apretó fuertemente. El pizote intentó respirar pero, sólo podría exhalar. Cada vez que expulsó aire de sus pulmones, el cuerpo de la serpiente apretó. Cada movimiento del pizote produjo una contracción de los músculos enrollados. En menos de un minuto el pizote dejó de luchar. Un minuto después la boa dejó de morder, rápidamente volvió la cabeza y mordió de nuevo, esta vez con la nariz del pizote apuntando hacia adentro de la garganta de la serpiente. Se desenrolló, soltando así el cuerpo del pizote y mordió duro. Con cada mordisco que daba la boa, sus dientes encorvados hacia atrás, jalaban la presa hacia más adentro de su garganta. Las mandíbulas de la serpiente se desarticularon y se separaron abriéndose lo suficiente para que la presa entrara. La serpiente tardó dos horas tragándose el pizote; después de esto durmió. La gigante boa permaneció inactiva durante ocho días mientras su cuerpo digirió el pizote. Entonces el temeroso predador se arrastró lentamente por la selva, deteniéndose de vez en cuando, buscando el lugar perfecto para montar una nueva emboscada. Podría durar dos o tres semanas sin que otra presa deambule a su alcance. La boa (Boa constrictor) es la serpiente más larga y más pesada de Centroamérica. Aunque ellas se conocen por alcanzar longitudes de más de 5 metros, las boas de más de 2½ metros de largo son realmente escasas. Un pizote adulto, aproximadamente el tamaño de un Perro Cocker, es fuerte y rudo, y pocos depredadores intentarán matarlo. En Costa Rica, los jaguares, los pumas y las boas muy grandes son los únicos que lo hacen. Las boas lo suficientemente grandes para matar y tragar un pizote, raramente se ven, y cuando esto sucede, la experiencia es inolvidable. |
|
Read more...
|
|
|
El playón de la quebrada pareció pintado con pozas dispersas de agua calmada y obscura, separadas por piedras lisas y planas y rocas grandes y pequeñas forradas en lana. En el momento en que mi pie quedó firme en el playón, un sonido, abrupto y no esperado, interrumpió el silencio, provocando escalofríos a lo largo de mi torso. Volviendo mi cabeza rápidamente hacia el gruñido profundo, revisé el riachuelo y el entorno boscoso, todo en vano. Otro paso cauteloso provocó otra amenaza. Un paso río abajo, atrajo silencio. Un paso río arriba y otra ves el gruñido amenazante. Tres pasos más y el sonido intensificó hasta convertirse en un ligero rugido; paré de pronto. Binoculares en mano, volví a escanear el área pero la fuente de la amenaza se mantuvo en obscuridad. Los Manigordos, en raras ocasiones, han atacado a los humanos, pero no quise probar más mi suerte. Me retiré unos cuantos pasos. Sin aviso, una forma con cuello largo y rayas angostas se lanzó al aire desde una rama, directamente arriba y al frente mío, aleteando fervorosamente. La Garza Tigre (Tigrisoma mexicanum) aterrizó al lado contrario de una poza grande a corta distancia. Yo había pensado siempre que el nombre era por la rayas, pero obviamente había algo más. “¡Que criaturas más fascinantes son las aves!,” pensé, mirando la Garza Tigre con patas largas, un cuadro de elegancia, mirando con paciencia, cabeza inclinada, esperando atrapar algún pez salado en el agua cristalina. |
|
Read more...
|
|
|
El ruido metálico de pala contra piedra penetró la selva. Cuidadosamente Osvaldo y yo nos acercamos al cementerio pre-Colombino, con esperanzas de agarrar los huaqueros. Pero no tuvimos tal suerte. Los cuatro hombres nos detectaron y salieron corriendo, perdiendose en la montaña, dejando todo botado. Los dos disparamos al aire, mandando una fuerte advertencia que en serio ibamos a proteger los cementerios indigenas de la propiedad. Osvaldo creyo reconocer a uno de los huaqueros pero no estaba tan seguro como para hacer una denuncia. Hasta donde yo se no han vuelto a sacar huacas en Hacienda Barú desde ese día en 1978. |
|
Read more...
|
|
| | << Start < Prev 1 2 Next > End >>
| | Results 10 - 17 of 17 |
|
|