Hacienda Barú
National Wildlife Refuge

Dominical, Costa Rica

 

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Desde la observación del perezoso hasta oler la vainilla. Un trabajo Pura Vida! PDF Print E-mail
DESDE LA OBSERVACIÓN DEL PEREZOSOS HASTA OLER LA VAINILLA.
UN TRABAJO PURA VIDA!

por jack ewing

“Bueno, ahora que estamos aquí arriba, ¿a qué se supone que le voy a tomar fotos? Lo que quiero decir es, ¿para qué me trajo aquí? Supongo que usted quiere que le tome fotos a hojas, el cielo y quien sabe a qué más,” vociferó Phillip. En unas cuantas horas me empezé a dar cuenta de que el tono burlista que usaba mi cliente y su manera de criticar no significaban que estuviera disgustado.


El incidente descrito anteriormente sucedió en los días cuando la mitad de la gente de Dominical no habían oído de Internet o no estaban seguros de que se trataba. Para mí era algo como de ciencia ficción, pero tenía la corazonada de que algún día sería algo muy importante. Phillip estaba diseñando lo que pudo haber sido la primera guía turística por Internet, y para eso nacesitaba fotos.


Phillip era un hombre grande, bien podría pesar más de 100 kilos (220 Lbs.), un gran contraste con su novia, Michelle, que era menos de la mitad de su tamaño. Hasta donde pude discernir la función primaria de Michelle era la de porta cámaras, algo que no era para nada fácil. Su salveque de fotógrafo contenía cuatro cámaras de las más modernas, ocho lentes, 150 rollos -- las cámaras digitales en ese entonces eran poco más que una fantasía -- y pesaba aproximadamente 35 kilos (77 lbs.). La diminuta Michelle realizaba su labor admirablemente.


“¿Qué pasa Phillip?,” empezé a buscar palabras. “¿No siente la magia de las copas de los árboles? Vea, estamos tan alto como un edificio de 12 pisos. Hasta hace pocos años todo este ecosistema era virtualmente desconocido para la ciencia. ¿No siente nada? Digo, es diferentísimo. En el suelo la realidad es solo un hemisferio; aquí arriba es una esfera”. Yo sabía que estaba especulando, pero no pude pensar en nada mejor.
Phillip suspiró profundamente. “¿Qué querés que fotografíe, sentimientos?” replicó sarcásticamente..


Ese fue el momento en que lo vi, y al instante, también Michelle lo vió. Phillip todavía se preguntaba a que le iban a tomar fotos. Michelle levantó su mano y señaló boquiabierta, no podía decir nada. Cuidadosamente preparé mis siguientes palabras diciéndome a mí mismo: “No lo eche a perder Jack. Una oportunidad de estas se presenta sólo una vez en la vida”.


Por la extraña actitud de Michelle, Phillip dedujo que algo estaba pasando. Se quedó silencioso. Ahora sí, tenía a Phillip donde quería. “Bueno,¿qué dice Phillip? ¿Como qué tiene en mente?” Aunque me costó contenerme comenzé muy casual, para que la sorpresa no se echara a perder. “¿Qué me dice de ese perezoso, el que está atrasito de su hombro? Talvez Michelle lo pueda abrazar y usted les toma una foto juntos. ¿Puede ponerla en su Jinternet o Interjet o como se llame esa tecnología de la guerra de las galaxias con la que usted trabaja?


Nunca vi a un hombre tan grande darse vuelta tan rápido. Ojos fijos en el perezoso y dando órdenes a Michelle: Canon 5680 (o lo que fuera), lente de 70 mm.” El extendió su mano. Segundos después, ella, con la eficiencia de una asistente de ciurujano, puso en la palma de su mano la cámara totalmente ensamblada, cargada y lista para tomar fotos. Y si tomó fotos... El perezoso empezó a descender por una rama. Phillip gritó otra orden, firmemente se le dió otra cámara y la primera era retirada. Phillip nunca quitó su vista del perezoso. Tres rollos después, todavía estaba muy concentrado en lo suyo. No era de extrañar que no notara cinco cusingas que habían llegado al árbol.


Esta vez Michelle no se confió en su voz, esta vez tocó a Phillip por las costillas y señaló.
Sin mucha gana, quitó la vista del perezoso y contempló las cusingas, dudó por un momento y otra vez gritó.Como por arte de magia, otra cámara apareció.


Estuve dos días mas con Phillip Greenspun y Michelle y todo fue memorable, pero la experiencia, aquella tarde en la copa de ese árbol, nunca la voy a olvidar.


Si de disfrutar un trabajo se trata, guiar tours ecológicos es el mejor que me pueda imaginar. Es un trabajo realmente interesante. Es como ganar dinero por divertirse. En muchas ocaciones cuando guío un tour, me veo disfrutándolo igual o más que los turistas. Claro, todo el esfuerzo que este trabajo conlleva no siempre es notado por los visitantes, pero el acto de guiar y enseñar acerca del bosque húmedo tropical es tan gratificante que todo ese trabajo extra es olvidado pronto. Esto se debe en parte al hecho de que los turistas ecológicos son algunas de la personas más bellas en el mundo. Vienen a ver y aprender y cuando se van llevan únicamente sus memorias.
Aún después de 16 años de experiencia como guía de turismo ecológico, no considero que sea tan bueno en eso.

Claro que le puedo enseñar un perezoso como el que le enseñé a Phillip y Michelle, que casi les toca el brazo diciendo, “Hola, aquí estoy, véanme”. Lo puedo llevar a un árbol tan grande que no es posible abrazarlo. También puedo llevarlo 40 metros (130 pies) arriba hasta la copa de un árbol y traerlo de vuelta hasta el suelo sin que se arranque un solo pelo. Pero tengo gran dificultad para encontrar un perezoso al que no le interesa ser encontrado. Para eso se necesita uno de los mejores guías de ecoturismo, uno que se haya formado en el bosque. En el Refugio Nacional de Vida Silvestre Hacienda Barú tenemos seis de los mejores y ante los cuales me quito el sombrero, Danny, Deiner, Freddy, Juan, Pedro y Ronald. He vividoen Hacienda Barú por 34 años pero aún así veo el doble de vida silvestre cuando salgo a caminar con estos muchachos.


He llegado a apreciar que la diferencia no está en la agudeza de la vista, sino en la interpretación y realce de una imagen. “Ve aquel perezoso allá arriba en el árbol,” dijo Juan casualmente, sin siquiera molestarse a usar sus binoculares. Su dedo señaló una pelota gris en la horqueta de un árbol.
Levanté mis binoculares. “No creo que estemos viendo la misma cosa” repliqué.


“Claro que sí” me aseguró. “ Usted está viendo en la dirección correcta. Intente otra vez”


Volví a mirar. “Juan, mi amigo, hasta que fallaste una”. Todavía estaba viendo con mis binoculares. “Eso no es más que un poco de hojas secas, véalas con los binoculares”


Juan sonrió pacientemente. “Sabe qué”, me dijo, “Nunca he entendido por qué usted confunde perezosos con hojas secas. Los perezosos son seres vivientes y peludos. Las hojas secas son partes muertas de árboles. ¿Qué tienen de parecido?”


“Diay...los dos son grises,” respondí no muy convencido.
“Allá”, señaló, “vea otra vez. ¿Alguna vez a visto un puño de hojas rascándose así la cabeza?”


Sabía que había perdido, pero de todas maneras levanté mis binoculares, observé otra vez, me dí vuelta y le ofrecí a Juan una disculpa. “Perdón, mi amigo. Hagamos como que nunca dije nada, ¿está bien?”
Los ojos de Juan y los míos recibieron las mismas señales visuales y transmitieron la misma información al nervio óptico. La diferencia está en el cerebro. Su cerebro procesa la imagen como un perezoso macho de 3 dedos, completo con pelo ondulado, y el mío como una masa gris, no identificada, que probablemente eran hojas secas. Esto no significa que no haya mejorado mi talento para encontrar perezosos, porque si he mejorado. Pero todavía me quedo corto para llegar al nivel de estos muchachos.


No todas las señales son visuales; todos nuestros sentidos nos dan pistas de lo que nos rodea. Una vez, mientras caminaba por la jungla con un grupo de visitantes, una imagen apareció en mi mente. Algunos de ustedes, lectores de más edad, puede que se acuerden los tiempos cuando las palabras “farmacia” y “refresco” eran prácticamente sinónimos. En ese entonces, mientras usted esperaba a que el farmacéutico le preparara los medicamentos y con la máquina de escribir colocara los datos de cada frasco de medicina, usted podía sentarse en un bar de refrescos para disfrutar de una deliciosa bebida. Tenían malteadas, sundaes de fresa, banano cubierto con chocolate, coca colas saborizadas y toda clase de cosas deliciosas. Coca Cola con sabor a limón era mi favorita, pero mi hermana la prefería con vainilla. El muchacho que atendía ponía un poco de saborizante en un vaso, lo llenaba con coca cola de una llave, ponía un poco de hielo, la pajilla y la servía con una sonrisa. Casi que lo puedo saborear ahora mismo.

Bueno, para no hacerle más largo el cuento, esa fue la imagen que se me vino a la mente mientras caminábamos a travéz de la jungla, la soda de fuente en la farmacia del vecindario.


“¿Qué es ese olor?” pregunté, deteniéndome para oler.


“!Chocolate!” dijo uno de los visitantes.


“No, no es eso”, repliqué, aspirando una vez más, para afinar la imagen. El mozo de soda estaba agregando saborizante dentro del vaso. Era el vaso de mi hermana. “Vainilla, eso era, vainilla!” Casi salto de alegría. Seguimos el aroma con la brisa. Nunca había visto una planta de vainilla, pero el olor no se podía confundir. Pronto descubrimos una orquídea en forma de bejuco de la cual colgaban flores de color amarillo cremoso. El olor cerca de la planta era abrumador y todos nos maravillamos por su belleza. Luego aprendí que las flores de la vainilla salvaje son polinizadas por una abeja que vive únicamente en el bosque primario pero se encuentran lejanas de las plantaciones. La vainilla que se cultiva es usualmente polinizada manualmente con una diminuta brocha. Luego aprendí que en Hacienda Barú tenemos dos especies de vainilla. Ese primer olfateo en la brisa disparó en mi mente una imagen que hacía mucho había olvidado e inició una experiencia de aprendizaje. Ahora podemos mostrar plantas de vainilla en al Jardín de Orquídeas de Hacienda Barú, pero de alguna forma no es lo mismo que aquella primera vez que olí esa dulce brisa.


Como hemos visto, guiar no es solo una experiencia de enseñanza, es también un aprendizaje que muchas veces es muy emocionante tanto para el guía como para el turista. El bosque tropical es el ecosistema más diverso, biológicamente hablando, y guiarlo es verdaderamente gratificante. Cada vez que voy al bosque veo algo que no había visto antes.


Estas son unas de las pocas razones por las cuales la profesión de guía ecológico es tan importante, tanto como para el visitante como para la economía local. Los visitantes aprenden sobre el bosque y ese aprendizaje conlleva a una mayor apreciación por la naturaleza tropical y a la concientización del estado precario en que se encuentra. Al mismo tiempo, el ecoturismo provee trabajo y estimula la economía local, esto incentiva a las personas a conservar los tesoros de la Madre Naturaleza.


Con estos maravillosos pensamientos en mente, me gustaría dejarlos con algo para reflexionar. Un día de estos le di una charla a unos estudiantes universitarios. Durante la sesión de preguntas y respuestas una jovencita muy chispa me preguntó si nuestra operación en Hacienda Barú es sostenible. “Por supuesto que es sostenible”, respondí la pregunta un poquillo irritado. “Comenzamos con 330 hectáreas (815 acres), con la mitad en bosque y la otra mitad eran pastizales y sembradíos de arroz. A travéz de 27 años hemos convertido el 95% del área en habitat para la vida silvestre. Eventualmente llevaremos a cabo un desarrollo de bajo impacto en menos del 5% del terreno. Cuando comenzamos, Hacienda Barú le daba trabajo a tres personas. Hoy se emplean 34 personas. Le hemos devuelto con creces a la Madre Naturaleza y a la comunidad. Hemos dado mucho más de lo que hemos tomado de ella.

Yo llamo a eso sostenible. No sé como lo llamaría usted.”
La jovencita no estaba en lo más mínimo conmovida ante mi respuesta. “Sí señor Ewing, entiendo lo que usted dice, creo que el trabajo de restauración que ustedes han hecho es admirable, así como sus logros en turismo ecológico y educativo, pero para determinar sostenibilidad, es importante considerar todos los aspectos que se van a llevar a cabo. Durante su conferencia usted mencionó que 16, 400 personas visitaron Hacienda Barú en el 2005, y que aproximadamente el 80% de ellos vinieron del extranjero. Esas personas volaron a Costa Rica en aviones que usan combustible fósil.

¿Cuántas tolenadas de dióxido de carbono fueron emitidas a la atmósfera a causa de esos aviones? ¿Hay suficiente bosque en Hacienda Barú para remover todo ese carbono? Quizá debí haber preguntado si cualquier actividad de los seres humanos es sostenible mientras seguimos adictos al petróleo.”
Me dejó sin palabras. No tenía respuesta, y todavía no la tengo. ¿Acaso es la civilización humana un globo que se ha inflado hasta lo máximo que aguante y pronto va reventar? Esperemos que no sea así de malo. Tal vez será más bien como un carro al que se le está acabando la gasolina. Los pasajeros no van a morir en un choque, pero tendrán que bajarse del carro y caminar.

 
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Hacienda Barú / Jack Ewing
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