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La siguiente historia sucedió en un lugar cerca de Hacienda Barú en el año 1948. En ese tiempo nadie practicaba el turismo ecológico ni observación de aves en Costa Rica. No habian caminos ni desarrollo de ninguna clase. El bosque húmedo tropical existia en abundancia y también la vida silvestre se mantenía intacta. Los metodos de conservación no se conocían y abundaba la cacería, a veces a extremos. Pero las cosas han cambiado, y hoy en día viene gente para observar la vida silvestre en vez de matarla. Los únicos cazadores son turistas ecológicos y realizan la caza con camaras en vez de armas de fuego.
El año 1948 es especial en la historia de Costa Rica, pero su significado fue percibido de distintas maneras por diferentes personas, según el punto de vista. Según los ganadores fue una revolución heroica, pero los perdedores lo ven más como un tipo de golpe de estado. La mayor parte de los observadores, no participantes, la vieron como una guerra civil muy sangrienta, y ningún participante negaría lo contrario. Hoy día, todos los costarricenses reconocen que el resultado más importante fue la disolución de la fuerza armada seis meses después del final de la guerra. Los conflictos políticos que eventualmente resultaron en la guerra de 1948, se venían calentando desde hace mucho tiempo, pero el incidente que por fin provocó el inicio de violencia fue una alegación de fraude en las elecciones de 1948. La gente que vivía en Hatillo de Aguirre sabía de las elecciones, pero no le importaba ni los candidatos ni el resultado. No había mesa para votar en Hatillo y de todas formas todos eran ciudadanos provinientes de Panamá. Aparte de eso el gobierno apenas sabía de la existencia de Hatillo, y por lo tanto los vecinos no tenían ningún interés en saber quien gobernaba. Igualmente, para ellos, la guerra no tenía importancia, pues no era su guerra. Por esa razón, cuando llegó la noticia de que los soldados venían de camino para Hatillo, Marvin Espinoza convocó una reunión familiar. No fue muy democrático porque a fin de cuentas, Marvin tomó las decisiones por todo el clan, sin embargo, los demás, o por lo menos los hombres, tenían derecho a voz. Los Espinozas eran los primeros pioneros en colonizar el área alrededor de Hatillo. Llegando en 1925, Fabio hizo su finca en los fértiles suelos del bosque tropical húmedo en las orillas del río Hatillo Viejo. Luego vinieron sus hermanos Marvin y Carmen. En 1934, a los dos años de edad, Florencio, conocido como “Lencho,” llegó a vivir en Boca Barú (actualmente Dominical) con su mamá, Magdalena Espinoza. Cinco años después, en 1939, Magdalena y sus hijos se trasladaron a Hatillo. Sus hermanos, Marvin y Carmen, ocupaban la mayor parte de la tierra entre Hatillo y Hacienda Barú. En 1948, el joven Lencho tenía 16 años, una edad perfecta para carne de cañón, y carne de cañón era lo que buscaban los soldados. En la reunión familiar todos los Espinosa confiaron en los rumores sobre la cercanía de los soldados, aunque nadie tenía ninguna idea de cuales soldados venían. De algo todos estaban seguros; estando los hombres en Hatillo, los soldados se los llevarían a la guerra a punto de cañón. Decidieron mejor huir a la montaña, puesto que la guerra no era de ellos. “Y que pasará con las mujeres,” lloró Magdalena? “Tienen que jugársela,” contestó Marvin bruscamente. “Es mejor aguantar unas cuantas semanas sin nosotros. Si estamos aquí cuando vienen los soldados probablemente nos maten en la guerra. Vamos para la montaña. Cuando llegen, díganles que los soldados de Quepos nos llevaron para pelear alla. Eso si lo van a creer y no tienen base para averiguar si es cierto.” Caminaron dentro del bosque durante dos días hasta llegar a un lugar que se llama “Dos Bocas.” Iba Lencho, sus hermanos Gustavo, Primo y Pablo, su primo Serafín y sus tíos Marvin y Carmen. Los hombres andaban botas pero los muchachos iban descalzos. Llevaron arroz, frijoles, azúcar y bastante sal. Su campamento, que consistió en una chozita de hoja de palma y un fogón, se encontraba cerca de las aguas cabeceras del río Hatillo Nuevo. De vez en cuando cortaban una palma chonta para comer el palmito, pero mas que nada vivieron de la carne silvestre. La que no se comieron la secaron con sal para preservarla y después llevarla a Hatillo, toda la que podrían aguantar. Los hombres de la familia Espinoza eran cazadores apasionados y en los bosques de Dos Bocas cazaron hasta matar la fiebre. La fauna abundaba, tanto como si fuera un sueño hecho realidad. Cazaban de dos en dos para más seguridad y Lencho siempre acompañaba a su tío Marvin. Un día de tantos andaban entre Dos Bocas y un lugar que se llama “Las Nubes.” Después de caminar entre la montaña un rato, encontraron huellas de chancho de monte. Las señas eran frescas y el olor fuerte. “Guau, huela los chanchos, andan cerca,” exclamó Marvin. “Hay un montón, vea el rastro que van dejando.” Siguieron los chanchos con la brisa de frente y así los chanchos no podrían olfatearlos. Con una manada tan grande, no costó nada seguir las huellas. Después de una hora empezaron a vislumbrar un chancho y otro, los últimos del grupo. Adivinaron por donde iba el grupo. “Vamos! Subamos a la fila aquella a ver si podemos adelantarnos. Luego bajamos a sorprenderlos por la quebrada.” Los dos hombres alcanzaron la fila, caminaron rápido para adelantarse a la manada de chanchos, y luego bajaron hasta la quebrada en el lugar donde Marvin calculaba mas o menos encontrar el montón. Salieron de la quebrada, dieron vuelta a un gran árbol y se encontraron prácticamente en medio de una manada de aproximadamente 150 chanchos cariblancos. Lencho subió a un árbol. Marvin quedó firme y disparó su escopeta calibre 28, pegando una buena carga de balines al costado de un gran berraco. El animal cayó de rodillas momentáneamente, e inmediatamente volvió a ponerse de pie y salió huyendo con la manada. “Esta herido grave. No va ir muy lejos,” gritó Marvin. “Bájese del árbol... corra.” Siguieron el rastro de sangre unos 300 metros, pero no encontraron el berraco. De pronto se encontraron cara a cara con una chancha grande. Marvin le disparó con la escopeta al puro frente y a corta distancia. La chancha cayó cerca del tronco de un árbol de ceiba caído. “No quiero gastar otro tiro,” indicando que la chancha todavía estaba viva. “Dególlela y destácela. Yo voy a seguir la manada a ver si mato otro.” Lencho no tenía arma de fuego, ni un buen cuchillo. Lo único que llevaba era un pedazo de machete de 30 cm que antes era de uno de sus tíos. Era apenas suficiente para sacarle las tripas a un chancho. Lencho le cortó la garganta a la chancha y se quedó mirando el chorro de sangre caer al suelo. De repente, hubo un fuerte golpe por detrás de Lencho sobre el tronco de ceiba, “tump, tump.” El muchacho dio vuelta rápidamente y se encontró cara a cara con un jaguar, las garras poderosas agarrando el tronco, la cabeza y el enorme pecho al mismo nivel de los ojos de Lencho. Saltó al otro lado de la chancha para ponerla entre él y el tigre. El gato lo miró intensamente. Lencho golpeó una rama de la ceiba con el cuchillo como para espantar el tigre. Pero no se fue, sino, bajó las orejas y se agachó; los ojos se hicieron muy pequeños como piedritas negras. En ese momento la chancha dio una patada y tembló en el último espasmo de su vida. Lencho le dió duro sobre la panza con la parte plana del pedazo de cuchillo, “whap,” otra vez, “whap.” El jaguar se levantó un poquito, de nuevo golpeo el tronco con las manos, el rabo empezó a moverse de un lado a otro, un claro señal de ataque. Miró la chancha. Se le ocurrió a Lencho que el tigre tenía mas interés en la chancha que en él y supuso que el tigre había también agarrado el barraco herido. En ese momento se acordó de su tío Marvin. “Tío, tío,” gritó de la forma más fuerte que pudiese. “Es el tigre, viene a comerse la chancha.” “Aguante! Voy!” Llegó el grito distante de Marvin. El jaguar levantó las orejas y rápidamente volvió a la cabeza hacia la voz de Marvin, y como si fuera pura magia, desapareció. Lencho suspiró profundamente con alivio. Recordando el incidente, ahora dice que no cree que tuvo miedo, sino que se quedó muy impresionado con el poder del magnífico gato. Después de unas tres semanas Pablo, con mucha cautela, regresó a “La Casona” de Marvin en La Guapil, donde estaban las mujeres. Averiguó que habían venido los soldados, pero hacía días se habían ido. Aparentemente creyeron en la mentira de que los hombres habían ido a Quepos. También había rumores del fin de la guerra. Pablo regresó a Dos Bocas con las buenas noticias. Ya cansados, los cazadores regresaron a casa. La gira de cacería fue inolvidable, y trajeron carne seca y salada, suficiente para que durara mucho tiempo para todo el clan. Cuando llegaron a casa encontraron que las mujeres estaban muy bien, como que no haian extrañaado a los hombres. [Nota de Autor: Florencio “Lencho” Espinoza, me recontó la mayor parte de esta historia. Los datos básicos están correctos, pero algunos detalles, tales como pensamientos y conversación son incluidos con el propósito de hacer la historia más agradable, pero son productos de mi imaginación.] Nota Posterior: En los años cincuenta la cacería dejó los chanchos cariblancos y el jaguar casi en extincción. Grandes áreas de bosque fueron taladas y los terrenos convertidos en repastos para ganado de carne. Esto sirvió para reducir el habitat de los chanchos y jaguares que quedaron. A finales de los años ochenta empezaron a llegar turistas ecológicos y aficcionados de aves hasta la zona de Dominical, y esto fue un gran incentivo para los propietarios por conservar y restaurar sus bosques. Hoy en día, el zaíno es otra vez una especie abundante en Hacienda Barú, y se han reportado la observación de chanchos cariblancos en la zona, después de muchos años de ausencia. Esperamos que algún día regresen los jaguares también. Cuando usted visita negocios que ofrecen el turismo ecológico y observación de aves en Costa Rica, está apoyando la conservación y restauración del bosque húmedo tropical. |